Capitalismo rosa y otros patriarcados del montón

Está a punto de llegar junio y, con casi toda probabilidad, los medios comenzarán a llenarse de noticias relativas a la visibilidad LGBTI. En Ranas rebeldes no queríamos perder la oportunidad de debatir sobre qué es lo que esto significa realmente y cuán diferente puede ser la realidad salmantina de la imagen idealizada de este colectivo.

Capitalismo_rosa

Hasta el coño de tanto capitalismo rosa.

La primera idea que nos llega a la mente es el barrio de Chueca, donde se reproducen unos patrones de consumo paralelos al resto de la sociedad y adaptados a la realidad LGBTI: bares, restaurantes, hoteles o incluso música o festivales específicos. Negocios que por su precio ya dejan fuera a gran parte del colectivo, un grupo que por otra parte, está especialmente precarizado y discriminado. Estos negocios no dudan en utilizar imágenes idealizadas de lo que tiene que ser un gay o una lesbiana: hombres cis, caucásicos, guapos, musculosos, urbanitas e hipersexualizados y mujeres cis, delgadas, blancas, occidentales, feminizadas y por supuesto, hipersexualizadas; “olvidando” la visibilidad trans. Puro capitalismo rosa.

Pero estos modelos de persona no sólo se quedan en la publicidad. Las redes sociales de ligue para gais son el ejemplo más claro. Cuerpos de gimnasio, muchos sin mostrar la cara (quizá sin salir del armario), que sólo piden otros “chicos masculinos”, de “gym” y “sin pluma”. Este patrón deja fuera toda diversidad de expresiones sexuales y reproduce miméticamente el modelo heteropatriarcal. Se discrimina dentro de la propia comunidad gay a los propios gais que no encajan dentro de este patrón (plumofobia), y si no llegas a estos estándares, no ligas.

Y pasa lo mismo con las lesbianas, llevadas a la feminización y heteroasimilación. Si somos femeninas, no pasa nada, la sociedad nos acepta. Si somos masculinas, la presión social nos tacha de  “marimachos” y hasta nos agreden.

Estos patrones reproducen miméticamente los roles binarios tradicionales. Ahora quizá puedas ser una chica a la que le gusten las chicas, pero no vayas a no parecer una chica, claro. La transgresión de género sigue estando criminalizada. Y no estando aceptada en los medios, mucho menos lo es en el mundo rural, del que la lgbtfobia dominante obliga al colectivo a emigrar a las ciudades, perpetuando un sistema estructurado en el consumo.

Y nos preguntamos por qué las personas que son más vulnerables dentro del sistema, asimilan las mismas normas y las reproducen. Sabemos que los espacios de reproducción, lo son también, en cierta medida, de liberación. El acceso al matrimonio igualitario supuso un gran cambio social en España y pudo ayudar a mucha gente en su lucha. Pero no es posible olvidar el contrato social de exclusividad que supone el matrimonio, como si los cuerpos pudieran también pertenecer a otra persona. De la misma forma, no es posible que la reproducción social sea emancipadora si esas mismas normas sociales eran las que nos impedían e impiden emanciparnos.

¿Pero es posible que una persona que se sienta integrada en esta sociedad, aun sabiéndose discriminada, pueda llegar a implicarse en su propia emancipación? Sabemos que el capitalismo es un sistema que es capaz de absorber sus propias oposiciones y luego vendértelas, desde lo que ha pasado con el feminismo al ecologismo. Por ello, la visibilización de las luchas interseccionales nos parece tan importante, como los movimientos transmaricabollos y sus luchas contra el capitalismo rosa, a través de los Orgullos Críticos, señalando las discriminaciones que seguimos sufriendo.

Nosotras nos unimos a denunciar la difícil situación que la comunidad LGBTI sigue sufriendo invisibilizada en Salamanca. Pero además, nos quedamos sabiendo que otros modelos de sociedad, de sexualidad, de erotismo y de relaciones son posibles, y que entre todas los podemos hacer realidad.

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